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Meditaciones

Enero 16, 2008

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Son las doce. Ya es 16 de enero. He abierto mi armario, desempolvado mi discman y sacado un disco de bossa nova. Escucho la primera: Garota de Ipanema y me voy a otro mundo. Saben no sé por qué ha esta edad se me ha dado por escuchar música sin canto. Nada de voces ni de letras. Así me ahorraré roches. Ya no tarareé. Jamás me aprenderé una canción. Eso lo dudo. Pero por el momento disfruto de ese placer. Disfruto la soledad de la noche. Faltan pocas horas. Hoy vi a mi madre triste. La noté con los ojos rojos.  Me dice que está cansada. Se va a dormir pero a mí no me engaña. Ha llorado.

Me da mucha pena dejarla. ¿Cuándo la volveré a ver? Me manda comida para unos días. Para que siga con ella. Para que nunca la olvide.

 Que feo es ser madre ahorita. Las despedidas son terribles. Por eso siempre digo que el amor duele. Pero es un dolor grato. Satisfactorio. Sin embargo, duele mucho.

Más tarde empezaré a empacar. Hace dos semanas me tocó desempacar y ordenar todas mis cosas. Hoy guardo. Pero no todo. Dejo a mamá, recuerdos, libros, ropa, cd’s, etc. Sólo llevo lo necesario. La cabeza me da vueltas. No sé que haré en Lima. Quisiera volver a la universidad y pensar en mis vacaciones.

Es tarde para eso. Me llega un mensaje. Y sigo aquí, esperando a que la hora pase y, aunque sea por un segundo, me de el guión de mi vida. Se vale improvisar.

Hasta la última gota

Enero 15, 2008

A tener en cuenta: Hace años quería entrevistar a un personaje. Hoy lo hice.

El cruce de las Avenidas Bolognesi con Juan Cuglievan gran parte del año pasa desapercibido. Sin embargo, cuando llega el verano es imposible no ver vasos repletos de hielo y jarabe. “Pa la calor, Señor”. Así es. Con ustedes su majestad Miguelito, experto en el arte de refrigeración y un poco de empuje. O como criollamente se conoce a la raspadilla.

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A penas se levanta Miguel Rodríguez Chiroque, 30 años, ve a su hija. Desayuna con su esposa y parte a comprar hielo. Cuando tiene todo listo, empuja su carrito raspadillero hasta la esquina conocida. Jamás se perderá, pues este oficio lo ejerce desde los quince años. No necesita carta de presentación. Ni un local bien pintado. Para él, lo que importa es saciar la sed y el calor que los clientes sienten.

Cada día vende, aproximadamente, ciento cincuenta vasos. Imagínese una pelea con Miguel. De un derechazo le rompe la cabeza a cualquiera. “Ingeniero, dos de tamarindo con fresa”, ordena un apurado motociclista. Yo me pido una de imperial (mezcla de tres sabores: vainilla, fresa y leche Nestlé) con lúcuma y me siento en su banca. Veo a la gente llegar y la entrevista cada vez se hace interminable. La gente empieza a pelear por el orden y no hay cuando pare. Raspa, raspa y no se cansa. Voltea el hielo, limpia su carro, destapa las botellas y pregunta por los sabores: “¿Haber de qué va a querer señora?”.

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Su mirada denota cansancio, monotonía. Todo el día se pasa cepillando hielo. A las dos de la tarde, hora en que la clientela baja un poco, se sienta, abre un taper y toma una sopa tan fría como el hielo. Se moja las manos y continúa. Jamás para hasta que llegan las seis de la tarde o el hielo, derretido por el sol, lo fuerza a marcharse.

“Mi abuela empezó con todo este negocio. Cuando mi madre era joven aprendió y ella me pasó la receta de los jarabes. Mi madre lleva cuarenta y ocho años en esto. Yo quiero que mi hijo siga. Ya es como una tradición. Ahorita me ayuda un sobrino”, me cuenta Miguel con entusiasmo. El serenazgo pasa y  no dice nada. Hace unos años lo levantaron y llevaron su carrito al depósito. Ahora tienen un familiar en la municipalidad. Todo está arreglado.

‘Al paso’ de los chifas

Enero 12, 2008

Imágenes: Mauricio Burstein

Cámara: La que no hay

Al llegar la noche en la peruanísima ciudad de Chiclayo se ha dado por incluir a la comida china en el menú. Hay para todos los bolsillos. Sin embargo, al parecer la comida al paso es la  favorita y placentera para el bolsillo. Así que harto de no hacer nada útil durante el día, tarde y noche le pedí a un amigo me haga la taba para descubrir los distintos lugares donde-tras pagar la cuenta- no te regalan caramelos chinos. Con ustedes: Los chifas al paso.

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Grata sorpresa me llevé, tras caminar  muy poco, encontrar en una misma cuadra (Cuadra siete de la Av. La Libertad. Santa Victoria) cuatro chifas. A decir verdad, los nombres no son para nada comunes.

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Y es que en Chiclayo no sé si existe la costumbre de poner a los chifas nombres de peleadores y películas chinas: Jet Li, Bruce Lee, Jackie Chan, El dragón de Oro, etc.

Una curiosidad que siempre he tenido es saber si los nombres raros con los que algunos chifas son conocidos significan algo. Lo más común es encontrar nombres como Wak Loc, Wantan, o algo por el estilo. Todo lo que suene a chifa o a chino termina siendo útil para estos cocineros. Aunque hay veces que se pasan y colocan nombres rarísimos como:

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¡Qué significará eso! Espero alguien sepa y me lo explique. Lo raro es que cuando ingresé a ese chifa pedí la carta. En el extremo superior de ésta decía: “Bienvenidos al chifa Don Jorge”. ¿Quién los entiende?

Seguí mi camino y cada vez encontraba más y más chifas al paso. Había unos que no lucían un nombre. Sólo un cartel identificador para que no los confundan con los carritos sangucheros.

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Debo confesar que había un pequeño nerviosismo al tomar las fotografías por dos motivos: lo maleado de la zona y porque nunca falta un cocinero arrebatado al que le sobre un par de machetes. Así que espero sepan comprender la calidad de las imágenes.

Seguimos con nuestro andar hasta que llegamos a una de las avenidas principales de la ciudad La Balta. Luego de detenernos por unos minutos en un concierto de música cristiana, llegamos al Dragón de Oro. Sinceramente, yo quise comer aquí. Sin embargo, la lady de mi acompañante se negó debido a que el olor del aceite le daba ‘mala espina’.

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Ahora viene el turno de Jackie. Siempre que pasaba por allí tenía unas ganas de bajar del auto y pedirme un chaufa. El nombre y el anuncio son peculiares. Espero que la comida también lo sea. No sé por qué motivo  me alucino al cocinero sacando el puño derecho cada vez que sirve un plato (y eso que ayer era viernes, no jueves). 

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Por último, nuestra aventura terminó en otro Dragón de Oro. Habrá que probar cual Dragón vote más fuego. Sin embargo, los precios de los platos son casi los mismos.

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Nos regresamos a comer en unos de los primeros chifas. Pedimos un combinado simple para los dos. Estabamos comiendo (en la calle) cuando la gente empezó a salir asustada del local. Yo dije una rata. Vaya la sorpresa. Era un temblor. Morris y yo ni lo sentimos.  

Nos faltaron por recorrer los chifas Jet Li y Bruce Lee. Más adelante les mostraré sus amplias instalaciones donde cada chiclayano lucha por vencer el hambre. Aquí no hay doble que luche. Cada quien hace lo que sea por sobrevivir en el Perú. Nosotros le seguimos los pasos. Chaufa 

Minutos de pasado

Enero 8, 2008

subir a un bus para volver a tu ciudad natal siempre es un placer. Por la familia y los viejos amigos.  Pero sobre todo por ese recuerdo de todas las cosas vividas que siempre nos parecen lindas e indescriptibles y que, antes al estar lejos las tenía como perdidas, como olvidadas. Salir a la calle y caminar por las calles de su ciudad natal es un placer. 

Ya acabada la universidad no me quedaba nada que hacer en Piura (salvo cuestiones personales). Así que por obligación y por el terrible calor volví después de varias semanas a mi ciudad. Me sentí tan cómodo como cuando era niño, con el incansable placer de vivir otra vez en esa ciudad, como si nunca, nunca me hubiera marchado. Al bajar del bus sentí el viento clásico y una ligera alegría. Atrás quedaron los cursos, los profesores y los chifles de eche.

El sonido de los automóviles había sido forzado porque iba en sentido contrario de la realidad histórica. Recuerdo siempre las calles muy estrechas y ahora veo grandes avenidas y vías de evitamiento. Siempre iba al mismo supermercado, pero ahora lo han cerrado y aparecen frente a mí cuatro gigantescas opciones. Cada una mejor que la anterior. Me da gusto que el progreso no sólo se quede en la capital sino que llegue también a las provincias. Lo mismo sucede en Piura. El norte crece cada vez más rápido y eso es bueno porque da y crea más oportunidades laborales y de otros tipos.

Cada vez que voy a Chiclayo empiezo a ver menos el cielo desde la tierra. Una gran cantidad de edificios se han levantado como en perspectiva y símbolo de desarrollo. Ahora vivo en uno de ellos. Todos los días subo a la azotea y me doy un baño de ciudad. Es buenísimo.

Recorrí en carro por los alrededores de la ciudad con un aire de deuda. Con una ingratitud y nostalgia al mismo tiempo. Y es que cuando uno está lejos de todas sus primeras aventuras siente que ha perdido el tiempo, que está en nada.

 El progreso está cada vez más cerca y es el enemigo de la nostalgia. Depende de cada uno y de cómo lo tomemos. Podemos utilizarlo según nos complazca. Usted decida.

Luces de la ciudad

Enero 5, 2008

Hace unos días volví a mi ciudad natal. Me cambié de casa y lo espectacular de esta nueva es la vista. Cualquier día de tanto ver el cielo me elevaré hasta él.

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 Ayer le pedí a un tío que me lleve por la plaza de armas. La vista es espectacular. No sé cuántos focos se necesitan para alumbrar todo el parque principal. Pero de que se ve  bien se ve.

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Lo que siempre veo es que cada ciudad se esfuerza por hacer de su plaza algo distinta para estas fechas. Antes de año nuevo pasé por el Óvalo Grau en Piura. Vi a cuatro gigantescos ángeles vigilar a Miguel Grau.

¿Saben cómo han adornado sus plazas los otros departamentos?